Peripecias del Año Vi

Vestido con hilachos de los buenos deseos no logrados, Año Viejo se sabía denostado y olvidado.

Por: Eduardo Garibay Mares

“Ante la adversidad, actitud positiva”, induce la reflexión en este año que termina, al analizar en las Fábulas de Eglisisc el relato de las peripecias del personaje llamado Año Viejo occidental, cuando en los días de diciembre se acrecentó la tristeza del otrora denominado Año Nuevo, que en el primer instante del día 1 de enero se había visto engalanado con los lujosos ropajes de los buenos deseos y las intenciones de mejorar, y adornado con luminosas guirnaldas de focos multicolores y brillantes esferas, globos y serpentinas coloridas, en un ambiente en que el disfrute de sabrosas comidas y estimulantes bebidas, se acompañaba de cánticos, música, risas y abrazos, al ser tradicionalmente recibido su arribo por la gente que feliz esperaba que él les trajese, con su llegada, cumplimiento de anhelos, realización de propósitos, y, sobre todo, logro de ambiciones.

Anciano ya y vestido con hilachos de los buenos deseos no logrados, e intenciones humanas de mejorar desvanecidas, Año Viejo no sólo se sabía denostado por quienes no habían alcanzado sus anhelos y que tampoco habían tenido fuerza de voluntad para culminar sus intentos, sino que se sentía olvidado por los que sí habían visto cumplidos sus deseos y perseverado en sus propósitos ¿Por qué eran así la vida y la humanidad? Cuestionó Año Viejo al clamar al cielo una respuesta en alivio y solución de su tormento, y al instante escuchó éste la voz de su madre, la infatigable viajera de corazón de fuego, la cálida y vibrante Doña Tierra, que al rotar en la translación de su recorrido orbital alrededor del sol, amorosa le dijo:

–Escúchame hijo mío, es mejor que aceptes lo dispuesto por el Supremo Hacedor de todo cuanto existe, y por el que todos tenemos una misión que cumplir, como es la mía de alojar a seres vivos humanos, animales y vegetales, y como es la de tu padre el implacable señor Don Tiempo, ocupado siempre en marcar fases del transcurso vital en los ámbitos galácticos, tanto en el concierto cósmico del inconmensurable señor Don Universo, director armónico del funcionamiento espacial, como en los dominios de la poderosa y magnífica Doña Natura, incontrolable cuando se le contraría.

–Tú eres nuestro hijo y tu nacimiento y tu final tienen que ver con el periodo durante el cual recorro mi órbita alrededor del sol, que es la medida de tu vida. Un ciclo anual conformado por las cuatro estaciones que sobre casi toda mi corteza terrestre se manifiestan bien definidas, como son: la juvenil y prolífica Doña Primavera, impetuosa generadora de nueva vida naturalmente naciente; el maduro y vigoroso Don Verano, propicio para preparar la producción y cosecha de frutos de la tierra, cuando en lo que se piensa es en la abundancia; el maduro y pleno Don Otoño, viable para preparar las últimas producciones y cosechas, y prevenir con sensatez las inclemencias de la ultima estación, la del austero Don Invierno, cuando la vitalidad se ve disminuida, anulada, como de forma parecida ahora te ocurre.

–Todos estamos sujetos por disposición suprema a leyes de cambio y transformación material. Por eso nacer y morir, ser y transformarse, comprenden el envejecer, que por la ley natural de la vida es una etapa por todos experimentada, si es que no se extinguen antes, lo malo es que las personas la hacen difícil para sí mismas y para todos los demás, pues en ellas está siempre en vilo el equilibrio, porque en su evolución se interpone lo negativo a lo positivo de sus actos, y al respecto has de saber que a los seres humanos se debe que tu madrina sea la tradicional Doña Cultura, siempre cambiante por sí misma y por influencias del exterior, compañera en el camino en espiral del preciso y comprobado en la práctica Don Conocimiento, tu padrino, pareja a la que dieron origen los humanos en su afán de sobrevivir y ser dominantes sobre mi faz. Así son las cosas y así es la humanidad que en tu vejez te hace sentir tan desgraciado y menospreciado, porque para infortunio nuestro, entre ella impera el predominio de los menos que al no valorar el amor, la amistad, ni el respeto a los demás, incluidos sus progenitores y descendientes, menos aún les importa dañarlo todo con tal de lograr su beneficio personal.

–Por si acaso pones en duda esto que te digo, nada más fíjate cómo me maltratan y destruyen, cómo desperdician a tu padre Don Tiempo, cómo explotan y alteran a Dona Natura, y cómo incluso con ello ponen en peligro la armonía galáctica de Don Universo, y, lo que es peor, cómo desobedecen los mandatos del Supremo Hacedor. Cerciórate de lo que te digo y acepta con fortaleza tu destino. Mira a tu alrededor, date cuenta y disfruta del lado bueno de las experiencias vividas y de las que te quedan por vivir, por eso, sin fijarte en el deterioro ambiental, observa desde el etéreo celeste la belleza de las poblaciones citadinas y campiranas, ubicadas en parajes plenos de respectiva hermosura y riquezas naturales: de día, esplendorosas bajo el sol, bañadas por la lluvia, o cubiertas de nieve; de noche, teatralmente iluminadas en estos días con luces artificiales multicolores, rivalizando con el brillo de la luna y el fulgor de las estrellas ¡goza en tu final diciembre hasta el último instante! ¡Comparte el regocijo de las personas en los preparativos y fiestas de fin de año, en todos los lugares que en mí habitan! Esa es la respuesta y es por ello que el alivio de tu tormento está, como en cada ser humano, dentro ti mismo, donde a tu libre albedrío decidirás ser feliz con lo que tienes, porque la solución llega al no ser necio en ambicionar el tenerlo todo, ya que eso nunca ni tú ni nadie lo verán logrado.

–Así lo haré. Le contestó resuelto Año Viejo a su madre Tierra, decidido a proseguir con actitud positiva el camino iniciado a partir del festivo evento el 1 de enero, día en que vivió su efímera felicidad en aquella conmemoración pletórica de buenaventura, por su advenimiento como Año Nuevo: cuando recién nacido impulsó a las personas a abrazarse fraternalmente y decirse unas a otras ¡Feliz y próspero Año Nuevo! ¡Que este Año Nuevo te traiga dicha, amor, salud, y dinero!

Tranquilo y reflexivo, Año Viejo occidental dedujo que ser fugazmente feliz y saber sobrellevar el infortunio van de la mano, y que del ánimo de cada quien depende la forma de enfrentar la existencia día a día, hasta el fin, lo cual, asevera Eglisic en su fábula, contiene la moraleja igual aplicable para todo Año Viejo, sea éste, por ejemplo, nativo de la cultura china, donde su fin se estima a ocurrir de forma variable entre el 21 de enero y el 21 de febrero, o bien surgido de la cultura purépecha michoacana, que considera su final el 1 de febrero.

Fue entonces cuando lo certero de su deducción quedó establecido para Año Viejo, ya que al acogerse a experiencias gratas y venirle a la memoria la celebración motivo de su nacimiento, recordó que en un indeterminado momento le intrigó ver en los ojos de algunas personas, el trémulo brillo que manaba y que en su descenso sobre la piel les dejaba un rastro húmedo: algo que desconocía al nacer y que por experiencia había aprendido que eran lágrimas de nostalgia. Lágrimas como las que descendían sobre sus arrugadas mejillas, unas que el enjugaba con el dorso de su mano temblorosa y otras que alcanzaban a caer sobre su deshilachada vestimenta, a la vez que un asomo de felicidad le hacía esbozar una sonrisa.

Ni más ni menos.